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Autor Tema: AG  (Leído 272 veces)

 

AGKenobi

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AG
« en: 22-Octubre-2017, 17:21:50 »
Historia de AG.

Spoiler
No recuerdo mi verdadero nombre. Tampoco recuerdo a mi familia, si es que alguna vez la tuve, ni
sé mi edad exacta. Una vieja rodiana me dijo una vez tendría sobre doce años humanos y de esto ha
pasado ya mucho tiempo, tanto que ni recuerdo cuando dejé de ver a aquella rodiana. Mi primer
recuerdo, por llamarlo de alguna manera, es el del olor a azufre. En como me invadía las fosas
nasales hasta dejarlas insensibles o quizá era el dolor de mis piernas y mis brazos mientras trabajaba
cargando piedras y minerales en las minas de un planetoide perdido en algún punto del anillo
intermedio. Allí fue dónde crecí y me crié. Entre gritos, el chasquido de los látigos láser y el ruido
interminable de los picos y las palas que cavaban en la roja piedra como un átono contrapunto de las
pisadas de los soldados imperiales que custodiaban aquel sitio. Solo sé que sobreviví, fui de los
pocos que lo lograron. La gran mayoría morían presa del dolor, el sufrimiento y el agotamiento que
suponía trabajar en jornadas de hasta treinta y seis horas, ya fuera de día o de noche, único
momento en que cambiábamos el turno para ir a descansar a nuestras celdas.
Yo compartía celda con un anciano humano, delgado, demacrado ya no únicamente por el duro
trabajo, si no por su vida pasada. Era un viejo soldado, decía haber luchado en las Guerras Clon al
lado del bando separatista. Me contaba historias de monjes mágicos armados con espadas cuya hoja
era un láser de plasma capaz de cortarlo todo, mucho más temibles que los látigos de nuestros
carceleros. De ingentes soldados de armadura blanca cuyo rostro era idéntico entre si. Me contaba
historias de épicas batallas espaciales, en las que participó como artillero en una nave de guerra
aun cuando la mayor parte de la tripulación eran droides. Recuerdo preguntarle si pasó miedo y me
contestó que muchas veces, pero hubo una en la que se había encontrado cara a cara con uno de
aquellos monjes mágicos. «A los monjes mágicos se les conocía como Caballeros Jedi», me había
explicado,«una vez tuve la oportunidad de ver a uno. Tenía muy buenos modales, lo cual me
sorprendió, pues nos habían contado que eran sanguinarios y crueles. Yoformaba parte de la milicia
por aquel entonces. Estaba muerto de miedo, pero en vez de amenazarnos o de doblegarnos a su
voluntad, aquel monje guerrero, aquel Jedi, se limitó a sentarse con nuestro comandante en jefe.
Recuerdo que no hacía más que sonreír mientras hablaba y se expresaba en los mejores términos y
maneras que jamás había oído antes. Incluso nos nombró un par de veces y, recuerdo, que se dirigió
a nosotros con términos condescendientes». Le pregunté cómo era aquel Jedi y, sonriendo, el
anciano me miró fijamente y continuó su relato.«En ningún momento mostró agresividad alguna. Ni
siquiera sacó su arma o la mencionó. Instó a nuestro comandante en jefe a rendirse, claro y le
prometió un juicio justo», fue entonces cuando el rostro de mi compañero de celda hubo de
cambiar, ensombreciéndose y fue como si un recuerdo realmente amargo le asaltara la mente,
«Nuestro comandante se negó. Instó al Jedi a irse y abandonar el plantea, reclamándolo para los
separatistas. El Jedi asintió, ¿sabes? Lamentó la decisión de nuestro comandante y deseó que
cambiara de opinión. Luego se marchó y ya no volví a verle hasta unas horas después, cuando
derrotados, con nuestro comandante en jefe herido de muerte por una explosión fortuita, nos vimos
rodeados por una brigada de aquellos soldados con armaduras blancas y dos Jedi, de los cuales, uno
de ellos era el mismo que había estado hablando horas antes. No nos mataron, ni nos esclavizaron.
Recogieron nuestras armas y nos instaron a volver a nuestras casas, con nuestras familias. Nuestro
comandante en jefe recibió atenciones médicas, pero estaba muy mal y no sobrevivió. El Jedi
lamentó su muerte y siempre recordaré lo que nos dijo: ‘Este hombre ha muerto por luchar por sus
ideales. Lamento profundamente su pérdida, pero espero que aprendáis de esto y jamás dejéis de
luchar por lo que creéis justo, pero si lo hacéis, intentad hacerlo en paz y si vuestra causa es justa,
los Jedi os apoyaremos’. Me adelanté, tembloroso, y me dirigí a él. Con la voz entrecortada le
pregunté por qué nos dejaba vivir, por qué no nos mataba como tantas veces nos habían contado. El
Jedi me puso una mano el hombro y me dijo: ‘Habéis luchado valientemente, pero lo habéis hecho
basándoos en un engaño. Jamás quisimos haceros daño, por eso intenté razonar con vuestro
comandante. Hay niños entre vosotros. Tú mismo no eres mayor que yo. Sois miembros de la
República y merecéis ser protegidos por ella. Vuelve a casa, con tu familia. Vive feliz. Todos
vosotros. Sois libres’. Antes de irse le pregunté su nombre y me lo dijo. Jamás lo he olvidado». Le
pregunté al anciano el nombre del Jedi, pero me dijo que era algo que se guardaba para si. Que un
anciano tiene derecho a sus secretos. No insistí.
Una noche hubo un gran estruendo. Las alarmas se encendieron de golpe y los soldados que nos
custodiaban empezaron a moverse con rapidez y las armas en mano. Nos instaron a seguir
trabajando, pero todos sabíamos que algo estaba ocurriendo. De repente se produjo una fuerte
explosión y la torre del alcaide se convirtió en una bola de fuego. Con un estruendo, tres cazas
pasaron por encima de nosotros. Tenían forma de «y» y soltaban bombas en puntos muy concretos:
Los barracones de los soldados.
Sabíamos que había una dotación de cazas más allá de la mina y pronto los vimos aparecer en el
cielo, rugiendo y disparando. Uno de los cazas en forma de «y» cayó a plomo, con uno de sus
motores destrozados. El pánico se apoderó de todos nosotros. Yo mismo no sabía muy bien lo que
hacer, cuando una mano se posó sobre mi hombro: Era el anciano con el que compartía celda. En su
mano tenía una de las armas de los soldados, recogida del cuerpo que yacía a unos metros de
nosotros. «Ten— me dijo—, es hora de luchar por lo que creemos». No le entendí muy bien, pero
cuando el rugido de los cazas y el sonido atronador de las explosiones dio lugar al chasquido de los
blásters, entendí a qué se refería.
Se inició una revuelta, aprovechando el caos, todos los trabajadores de aquella mina, presos en
suma, nos hicimos con las armas que pudimos encontrar y atacamos a la guarnición imperial.
Pero no éramos soldados y las penurias de aquel campo de trabajo pasaron justa factura.
Un disparo alcanzó de lleno el pecho del anciano y cayó a mi lado, jadeante. Disparé al soldado y
fallé, vi que giraba su arma hacia mi y me despedí de aquella vida, pero nunca llegué a sentir el
ardiente mordisco del disparo bláster. El soldado cayó de lado con el casco destrozado y un grupo
diferente de soldados nos abordó. Iban con una equipación totalmente diferente a la de los soldados
imperiales y su insignia era roja con una extraña forma. Se movían en perfecta formación y abatían
soldado tras soldado.
Solté mi arma un instante después y me arrodillé junto al anciano. Él me miraba con el rostro
tranquilo, relajado. Le puse mis manos encima, torpemente, intentando ayudarle sin saber cómo
hacerlo realmente. El anciano me acarició la mejilla y pronunció una única palabra: «Kenobi».
Acto seguido fallecía en mis brazos.
Las lágrimas cayeron por mi rostro lleno de polvo, grasa de las máquinas de trabajo y sangre. No fui
consciente de como el ruido desaparecía a mi alrededor y la lucha terminaba tan rápido como
empezó.
Una sombra me cubrió. Levanté la mirada y vi a uno de aquellos soldados con el bláster apuntando
al suelo. «¿Cómo te llamas?», me preguntó. Agaché la mirada para mirar al anciano una última vez.
Sus ojos miraban hacia mi brazo que le sujetaba la cabeza. En el antebrazo nos grababan a láser un
número de serie, el mío rezaba «AG-1528». Las letras indicaban mi puesto en las minas y el
número era el identificador que usaban cuando pasaban revista o tenían que anotar una muerte o
similar.
«¿Qué cuál es tú nombre?», repitió el soldado.
Levanté la cabeza y le miré. Su rostro era impasible, cubierto por una barba malicienta de color
cobrizo. «AG», respondí. El soldado asintió y me dejó allí, junto al cuerpo del que, entendí
finalmente, había llegado a ser más que un compañero de celda para mi: Había sido lo más parecido
a un padre y protector.
Nos metieron en una nave de transporte y nos quitaron los grilletes y los collares de seguridad. Un
equipo médico nos atendió y nos dieron ropa limpia. Fue entonces cuándo supe quiénes eran
aquellos hombres y porqué luchaban contra el Imperio.
Sin tener a dónde ir, ni con quién ir, solicité unirme a los Rebeldes.
Han pasado dos años desde que fui rescatado por la Alianza Rebelde y desde entonces lucho junto a
ellos contra el Imperio.
En nombre de aquel anciano que me salvó la vida en los campos de trabajo de Ylik III.
Y en mi propio nombre, para luchar por lo que creo que es justo y liberar a otros del yugo, la tiranía
y la opresión. Solo lamento no poder hacerlo en paz.

Descripción de AG:

Nombre real: Desconocido. Apodo: AGKenobi.
Especie: Humano.
Altura: 1,85m.
Descripción física: Moreno, piel curtida. De musculatura fibrosa. Hombros anchos. Ojos oscuros.
Barba ligeramente larga.
Atuendo: Pantalones de guerrillero, botas militares, camisa, chaleco. Guantes. Una cinta para
colgar el arma y una cartuchera.
Lenguas: Básico. (Entiendo Rodiano y Wookie, pero no los hablo).
Planeta de Origen: Desconocido.
Habilidades que encajarían, a mí criterio, con el personaje:
Destreza: 4D
Blásters: 5D+2
Parar sin armas: 4D+2
Esquivar: 5D
Combate con armas: 4D+1
Conocimientos: 2D+2
Lenguajes: 3D
Supervivencia: 3D
Fuerza de Voluntad: 3D
Percepción: 3D
Ocultarse: 3D+1
Buscar: 3D+1
Fortaleza: 3D+1
Combate sin armas: 3D+2
Escalar/Saltar: 3D+2
Vigor: 3D+2
Levantar: 3D+2
Mecánica: 2D+2
Técnica: 2D+1
Demoliciones: 2D+2

« Última modificación: 25-Octubre-2017, 13:06:11 por Zarpas »